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megustasutopia

un poco de izquierdas...

Siempre me he sentido un poco de izquierdas. No estoy hablando de ideología política ni de todas esas patrañas que invaden la actualidad y que aburren al más pintado. Hablo de vivir desde otro punto de vista.

Llegué a esta ciudad hace ya tiempo, tanto tiempo que ya ni recuerdo de donde soy. Soy profesora de instituto y el destino me castigó con una plaza en uno de los barrios obreros que queda a las afueras. Pero eso no importa. Hace un par de años decidí empezar a vivir por la izquierda. Pensé que sería divertido ver las cosas desde otro ángulo, tomar otra perspectiva. Antes había intentando alejarme de mi misma para entender lo que pasaba a mi alrededor - había leído que para afrontar problemas lo mejor era alejarse de ellos para poderlos ver con cierta perspectiva -, pero ello me exigía demasiado y tampoco veía ningún fruto. Esta nueva experiencia era mucho más sencilla a priori y no requería tanta comedura de cabeza. Se trataba simplemente de intentar usar el lado izquierdo para todo. Di la vuelta a la cama, y, aunque al principio me resultó raro dormir con la cabeza al lado de la puerta, el primer pie que ponía en el suelo todas las mañana empezó a ser el izquierdo. Abría los armarios con la izquierda, me preparaba el desayuno con la izquierda, derramaba la sopa con la izquierda. Me costó mucho acostumbrarme a cambiar de marcha con la izquierda cuando conducía.

La expericia de ser de izquierdas duró lo que duró. O dicho de otro modo, duró hasta que la derecha volvió de sus vacaciones. Pero vivir en el lado izquierdo es mucho más que introducir las monedas en una cabina telefónica con la mano izquierda sin que se te caigan.

Aprendí de un amigo mío a fijarme objetivos cada año que comienza. Se trata normalmente de cosas sencillas y fácilmente alcanzables, porque no hay nada peor que proponerse coger el sol y quemarse en el intento. Puede parecer una estupidez, y quizá lo sea, al fin y al cabo todo es o no es dependiendo del prisma con que se miré, o quizá nada sea realmente sino que cada cual tiene una imagen diferente de algo que no es de ninguna de las formas. En cualquier caso, esta estupidez de fijarse pequeñas metas al comienzo de cada año, además de provocar la hilaridad en mi grupo de amiguetes del pueblo en unas fechas tan festivas y en las que parece que el espíritu se nos llena de buenas intenciones y que seríamos capaces de hasta ayudar a un ciego a cruzar de acera, a mi me sirven para tomar consciencia de cómo va avanzando mi vida. Cuando ordeno esos propósitos que un día tuve, veo en secuencia, la película de mi propia vida.

Recuerdo que una vez pasada aquella fase de izquierdas en que me movía torpemente por el mundo de los diestros, las siguientes navidades, me hice un propósito que jamás olvidaré. Me propuse vivir un día a ciegas. Sí, sin ver nada. Pero no valía eso de quedarse en casa escuchando música o tumbado en la cama. Debía ser un día normal. Yo debía levantarme por la mañana, ducharme, desayunar y salir para el instituto. Allí debería dar mis clases de literatura y por la tarde quedaría con mis amigas para ir al cine y tomar una cervecita en algún sitio de moda.

Pasar un día en el lado oscuro y pretender hacer vida normal no era nada sencillo porque no se trataba únicamente de que fuese capaz de hacer todas esas cosas que adornan mi cotidianeidad, sino que además debía sentirlas, igual que las siento de forma inconsciente cada vez que mi mirada las barre. La preparación fue larga. Lo primero que hice fue comprarme un antifaz de esos que se utilizan para dormir. Durante varios días me lo puse en casa por las tardes y me acostumbré a vivir las cosas a través de mi oído y de mi tacto. También empecé a percibir más olores y a crear en mi interior una colección de diferentes fragancias que hasta entonces me eran desconocidas. Los primeros pasos fuera de mi casa fueron más complicados. El antifaz fue complementado con un bastón y aprender a sentir a través de él no fue nada fácil. Tuve que memorizar las calles, aprender a subirme al autobús, aprenderme el instituto. También aprendí a agudizar el oído y visualizar lo que escuchaba en el interior de mi mente. Dibujé allí dentro mundos fascinantes y seres geniales que no quise ver para no romper el hechizo. Después de una larga temporada de preparación y de muchos intentos lo conseguí.

La experiencia fue única y jamás olvidaré aquel propósito que entre brindis con champán me hice en aquel año de mi juventud. Aprendí que vivir en el lado oscuro era mucho más complicado de lo que debería ser. Era como si el mundo se hubiese construido con trampas para fastidiar a los que no pueden ver. También encontré buenas personas, pero las urgencias a menudo apagaban las buenas intenciones y muchos se quedaban clavados antes de dar ese paso.

Descubrí que para ver no hacía falta usar los ojos. Aprendí a imaginar, a ponerle forma a mis sensaciones. Tocaba y lo dibujaba en mi mente, oía y le ponía una cara, olía y soñaba con un mundo lleno de fragancias.

Mola esto de los propósitos, os lo recomiendo.
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1 comentario

Anónimo -

Creo que está bien escrito y que la idea es original, atrapa desde las primeras líneas. ¡Enhorabuena!
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