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megustasutopia

A la orilla del mar

“Te dije que no vinieras, que no quiero volver a verte”. Una de la infinidad de frases que se agolpan en mi mente. No consigo enlazar un puñado de palabras sin sentir que me ahogo, intento incorporarme apoyando mis brazos en los apoyabrazos de mi silla para que mis pulmones se llenen de aire, pero nada. Tan sólo unos sonidos ininteligibles, palabras que no se atreven a salir de mis cuerdas vocales, otras que se diluyen en mi boca, las pocas que salen lo hacen sin ritmo, a volúmenes irregulares, parecen sonidos de ultratumba. Si me esfuerzo mucho, sonidos gangosos, una mierda. Pero a ella parece no molestarle. Estoy seguro de que Inés no necesita mis palabras, es capaz de leer mis pensamientos. Siempre supo mirar a través de mis pupilas. Incluso cuando yo no quería mirarla porque estaba seguro de que descubriría mis pequeñas traiciones.

Hoy también me ha traído a la orilla del mar. Detrás de nosotros, una especie de estatua que conmemora el cambio de milenio. En frente, la inmensidad del océano con sus tonos grises. Él parece tan enfadado como yo. Su oleaje golpea una y otra vez las rocas de la orilla pero toda la fuerza se le va en la espuma que dejan las olas al volver de nuevo con el mar. “¡Cómo me gustaría poder mover mis piernas para saltar y que todo esto se acabase! Aunque pensándolo bien, es una estupidez. Si pudiese mover mis piernas no saltaría.”

También hoy está nublado. Inés me pone la manta sobre las piernas y, aunque también hoy esté enfadado, no puedo evitar sonreírle. Siempre creí que yo era el fuerte y ella la débil, “¡qué estúpido fui!”. Lloré cuando supe que ella había entrado en un coma irreversible - “estúpidos médicos que se creen que lo saben todo” - y estaba seguro que lo mío sería cuestión de un par de meses, alguna costilla rota y poco más. Luego pasaron los meses y yo seguía sin poder moverme. En cambio ella, un martes poco después de amanecer se despertó como si nada hubiese pasado, como si hubiese llegado su príncipe y la hubiese dado el beso revitalizador. Ni siquiera recordaba nada de la pesadilla que vivimos aquella fatídica noche de tormenta al volver de Porto Novo. Para ella había sido un apacible sueño de casi seis meses y para mí el comienzo de una pesadilla.
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