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megustasutopia

el último

Con frecuencia miraba como ausente directamente a los ojos de la gente, sin percatarse de su atrevimiento y quizá descortesía. Sus rebeldes ojos siempre buscaban a las personas más diferentes de las que cerca de él se hallaban. Extranjeros asustados en una tierra hostil y lejana, niños con los ojos muy abiertos que intentaban fotografiarlo todo con sus pupilas, jovencitas abstraídas en mundos lejanos.

Un día cualquiera, con la mirada perdida como de costumbre, esta vez en las pupilas azules de una pelirroja pecosa que parecía acabar de llegar de la otra parte del mundo, tuvo un pensamiento fugaz. Uno de estos que descolocan las ideas y alborotan las neuronas. Pensó, "y si este fuera mi último pensamiento, cual merecería permanecer congelado en mi cerebro por los tiempos". Y entonces se lanzó a tumba abierta a una frenética carrera. Su imaginación corría a toda velocidad cada vez más de prisa. Como una carrera de obstáculos su mente iba esquivando pensamientos. Una y otra vez desechaba pensamientos y se detenía en el siguiente. Apenas unos instantes, cada vez más breves. Sabía que no tenía tiempo que perder porque cualquiera de ellos podía ser ese último que su obsesión le decía que cerca se hallaba. Su agobio iba en aumento al darse cuenta que no hallaba pensamientos más merecedores de ser grabados en su mente para siempre. Al ver que aquello no mejoraba volvía sobre pensamientos ya gastados y se detenía unos instantes para darle tiempo al tiempo final. Pero ese tiempo final también parecía esquivarle. Al poco, su mente se volvía a lanzar a toda velocidad cuesta abajo desechando ideas, "esta no", "esta tampoco", "esta podría valer pero tiene que haber alguna mejor", "esta me gusta pero se pensaran que soy un infantil",... y así una a una las acababa esquivando a todas. Agotado y sin aire que le permitiese pensar claramente, llegaba al final de la cuesta y una vez más buscaba refugio en un pensamiento de su juventud. Tomaba aliento sin dejar que se le escapase aquella locura de su mocedad esperando una vez más que el tiempo para él se acabase.

Pero no fue así, y su tiempo continuo como continua el tiempo de los que viven convencidos de que el tiempo es una entelequia, un invento de unos locos suizos que un buen día decidieron inundar la humanidad con relojes.

Y como ocurre a menudo, después de la tempestad llegó la calma. Sus prisas por ganarle al tiempo en una carrera sin descanso en busca de aquel pensamiento final, se transformaron en calma y sosiego. Una calma que le ayudaba a escoger mejor sus pensamientos, una paz que le permitía vivirlos mejor. Ahora ya no tenía ninguna prisa por desechar unos y acomodarse en otros, los vivía y se recreaba con ellos. Les daba vueltas y vueltas observándoles desde todas las perspectivas. Se acercaba a ellos, se alejaba, buscaba sus brillos al reflejo del sol.

Pero al final siempre llega el final. Y llegó. Y le pilló viejo y agotado recreándose en su mejor pensamiento.
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