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megustasutopia

Mil sueños rotos

Se decía una y otra vez que no, que aquello no podía estarle pasando a ella. Ya habían pasado un par de semanas desde el entierro pero Carla no podía dejar de llorar. Nunca entendió de dónde podían salir tantas lágrimas. Eran lágrimas de impotencia o más bien, eran las lágrimas de las explicaciones no halladas. Quizá hay cosas que no se pueden explicar sino no es desde la distancia y a partir de recuerdos y experiencias. Pero ella aún no tenía esa distancia. Apenas era capaz de dormir por la noches porque una y otra vez le venía la imagen de su padre. Incluso cuando conseguía conciliar el sueño él aparecía en cada una de sus secuencias, como si la película volviese una y otra vez sobre el mismo personaje. Aparecía tal y como lo recordaba en aquel último día. Él siempre sonreía, pensaba Carla, "él me enseñó a sonreír" era un pensamiento de los que tenía en la centrifugadora que se había convertido su cerebro. "Él era la única persona que me entendía", "nunca encontraré a nadie que me quiera como él me quería", "él nunca me hubiese dejado aquí sóla, esto tiene que ser cosa de... no se, si Dios o el demonio..., pero Dios no puede hacer estas cosas, él no se lo merecía, le quedaba tanto por hacer... pero tampoco ha hecho nada para evitarlo... por lo menos no sufrió". Estos y otros pensamientos golpeaban las paredes de su cerebro.

Durante el funeral ella estuvo muy entera. Siempre fue una chica excesivamente responsable, casi podríamos decir, obsesivamente responsable. Y en aquellos momentos tan duros, ella tenía que ser la que tuviese la serenidad y la que consolase a su madre. Además Carla no tenía ganas de llorar. Recordaba una y otra vez las últimas horas con su padre jugueteando como cuando era una niña y revolcándose en el sofá de cosquillas. Nunca pudo aguantar las cosquillas y su padre sabía muy bien que este era su punto débil. Durante el funeral, cada vez que el protocolo le pedía unas cuantas lágrimas y un gesto compungido, a ella se le venían a la memoria aquellas últimas horas con su padre. Sus carcajadas que eran mucho más escandalosas que las de Carla y sus ojos grandes y oscuros. Carla no lloró ni una sóla lágrima los primeros días de su ausencia. Al principio, en el funeral, ella intentaba pensar en cosas tristes y se concentraba pensando lo mucho que le iba a echar de menos y lo desgraciada que iba a ser, como intentando que la tristeza le invadiese y le arrancase unas pocas lágrimas que compartir con tantos y tantos familiares y amigos que se habían acercado al tanatorio. Pero no lo conseguía. Siempre acababa con tiernos recuerdos en su cabeza que le provocaban la sonrisa más sincera. Incluso llegó a avergonzarse de aquella sonrisa y a imaginar lo que la gente que la viese pensaría. "Seguro que piensan que yo me alegro, que sólo estoy pensando en la herencia, que estoy contenta porque me quedaré con el piso de Jaén,...". Le dolían aquellos pensamientos y entonces intentaba ocultarse de la gente con sus gafas de sol.

Pero aquellos tiernos recuerdos, aquel sonreir sincero duraron tan sólo unos días. Luego la pena llegó. Una pena infinita, una congoja enorme, un nudo en el pecho que no le dejaba respirar. Mil preguntas sin respuestas, mil argumentos que no llevaban a ninguna parte, mil sueños rotos,...
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2 comentarios

Cris -

Simplemente genial!!!
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lunaaaaa -

Santi......me has hecho llorar...Un besote
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